Por Álvaro Valdés, periodista.
(Escrito el año 2014)
Uno de los destinos turísticos más hermosos que tiene la provincia de Talca, es el sector precordillerano de Vilches, al que se llega por la Ruta CH-115, pasando el pueblo de San Clemente, hasta internarse en una zona de abundante vegetación, montaña y pozones. Sin embargo, la mano del hombre se ha hecho presente de manera implacable y destructiva. Hasta pasados los ´90, Vilches era un sector apacible y con fácil acceso a los riachuelos de aguas cristalinas que descienden desde la Cordillera como una bendición para que las personas disfruten en especial durante el verano.
Nadie sabe de donde salieron, pero sí supieron instalarse en este verdadero paraíso de naturaleza virgen que cuidaban mucho sus lugareños, acostumbrados a ofrecer el pan amasado y su hospitalidad para que los huéspedes descansaran del estrés de la ciudad en los meses de sol, arrasaron con todo.
Virtualmente se tomaron las orillas de río, construyeron habitaciones y cercaron -lo que antes-, le pertenecía a la vida. Ya no hay esa cancha de fútbol, en donde los veraneantes solían improvisar equipos sin siquiera conocerse, para luego tirarse un chapuzón al antiguo Raudal, que al cruzarlo hacia el otro lado, daba la sensación de una libertad adorable.
El que no sabía nadar y se las daba de valiente, manoteaba como podía, pero siempre encontraba una mano amiga que lo llevaba hacia la orilla llena de piedras calientes a las 4 de la tarde. Frente a la JOC, los alambres reemplazaron aquél camino dibujado con las pisadas de los turistas que fueron conociendo de las bondades que Dios les ofrecía.
Se agradece la pavimentación, pero con ello, pareciera que se justificó un paso a la modernidad que ha costado lágrimas de sangre a los vilchanos.
Hasta el bosque de pinos de uno de los más reconocidos campings populares que ha existido desde siempre en Vilches Bajos, fue reducido a leña.
Felizmente el camino polvoriento por el trumao, se vuelve a encontrar en el cruce de Las Tortillas, un lugar de un amplio pozón y reconocida profundidad en donde se organizaban piqueros desde el viejo puente hasta nadar hasta esa corriente que sanaban los dolores de espalda, afirmados de dos inmensas piedras milenarias.
También desapareció el famoso Festival del Copihue que organizaban en el sector Las Lajas, montando un escenario en medio de los árboles y los tábanos que buscan sus víctimas cada verano. Allá se llegaba haciendo “dedo” a alguien solidario que colocaba su camioneta a disposición del desconocido, ya que el micro que iba al Alto se guardaba hasta el otro día.
Se regresaba a pie en medio de la noche, todos felices en busca del campamento que esperaba varios kilómetros más abajo. No importaba el cansancio ni los cuentos del Tue Tué que se aparecería en medio de la oscuridad. La carpa estaba igual que cuando se dejó e incluso, con un plato de tallarines con jurel y tomate que se olvidaron de comer.
Hoy Las Lajas, es un recinto privado en donde se cobra por pasar a los baños de piedras resbaladizas que hace unos años, representaba un verdadero desafío de destrezas en la excursión que a nadie le enseñaban, pero se aprendía a punta de porrazos en medio de los litres y los boldos que saben convivir, tampoco está el Seminario, hoy es un recuerdo de los paseos de septiembre.
Al menos, consuela el hecho que al Salto del León, le han mantenido el nombre de este animal -rey del cual -aseguran-, haberlo visto ”volar” por ese camino, ya que alguien le perseguía para aniquilarlo. Más arriba, debe estar esperando todavía aquél que decía ser el único guía autorizado para mostrar la Reserva Altos del Lircay, aunque estuviese custodiada por gente de CONAF que aconsejaba llevar una cocinilla e inscribirse en la oficina temporal, antes de ir de excursión por si tiene la suerte de avistar al extraterrestre.
Ese es Vilches, o bien, así era.